viernes, 25 de abril de 2008

El día que no estuve en el concierto


Le dije que no. Era una oferta que podia rechazar. Aunque desde el primer minuto me arrepintiese. Fernando ya tenía la entrada pero iba mal de pelas o algo. Salimos la misma tarde, me dijo, el coche lo pone uno, no recuerdo quién. Vamos, aparcamos en Anoeta, lo vemos y volvemos. Más barato. Si quieres, te paso la mía, qu a a mi me va regular.

Era todo un plan. Me había pasado Fernando unas cuantas cintas que a su vez le había grabado Mario, que era el más metalero de su grupo y la verdad, me habían gustado mucho. También me sonaban de Kaos, de Terminal y de una vez que casi llegué a cruzar la puerta de un sitio de jeviorros muy burros. Era todo un antro. Todo de tíos melenudos, solos, jarra en la mano, Whisky in the jar, moviendo la cabeza al ritmo de gente, en plan blando AC/DC, y subiendo, Judas Priest, Manowar, Motorhead o Megadeath. Y Metallica. Nirvana en el Sevilla, pra asustar a las pijas. ¡Uy, si el chico ese tan mono lleva los vaqueros rotos! Ya ves.

Yo conocía poco a los amigos de Fernando, o sea. Y me daba un poco de palo, así son las cosas. Y le dije oye, que gracias, pero que casi que no. Y me dijo, bueno, vale. Y a la mañana siguiente me contó. Sin pelas y flotando, no veas, tenía como en un atril la guitarra eléctrica y en el otro la acústica. Y tocaba una, la soltaba y se iba a la otra, y volvía, iba y volvía. Me contagió su pasión por un concierto que ni siquera vi.

A mi esta canción y su disco siempre me ha parecido un sueño sinfónico en un corazón metálico, que ya se que es cursi, pero que no acierto a decir mejor. El piano ya lo pongo yo.